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Aventuras de un marino chileno

Reseña de Roberto López (@robert_lupus)

Juan de la Cruz Rojas, hacia el año 1908, asentado en las tierras del Maule con esposa e hijos, decidió llenar un centenar de páginas sobre un periodo de su vida: su extenso recorrido a través de los puertos del mundo, en un espacio tortuoso de diez años de juventud (1870-1880). El autor, candoroso y satisfecho de sí, revisa las visicitudes de un hombre de mar, desde la dolorosa partida del terruño familiar –producto de un desengaño amoroso– hasta el arrojo de verse sometido a las fuerzas humanas y de la naturaleza. Este relato de formación es, por supuesto, el resultado de una memoria accidental, inclinado por el sentir del momento y los avatares de una conciencia que se va abriendo a lo nuevo y desconocido. Son sucesos y personas los que le emocionan; los lugares apenas resisten ser los decorados o accesorios de su aventura (tenemos una somera descripción de los tranvías y el tráfago de Brooklyn; de París, solo sabemos que es una sombra o un fondo mudo que está por ahí). Pero estos retazos son cálidos y humanos; crean la figura gruesa de su protagonista, que va cayendo en la cuenta que toda su fuerza física y moral requieren un solo fin: el retorno al hogar. ¿No es acaso el mismo periplo del héroe Odiseo? Sí, aunque nuestro sencillo marinero retorna, al revés de aquel mítico aqueo, señalado por la muerte y la beligerancia patriótica (son los albores de la Guerra del Pacífico...). No obstante, la "sangre araucana" cede a la dicha de volver al seno materno, y el ardor queda suscrito al espacio familiar (a pesar del breve intento de volver a sus andanzas). No es una crónica de escritor; sí, la de una existencia entrañable, y la dejamos ir, con su voz sencilla e intensa –como un dulce recuerdo.

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