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Pedro Melenas - Ediciones Libros del Cardo

Reseña por Roberto López (@robert_lupus)

En tiempos en que la alfabetización era bastante escasa, las imágenes eran capaz de sustituir páginas y páginas de explicaciones. La Iglesia lo entendió así, y los frescos, relieves y estampas abundaban en escenas aleccionadoras. ¿Qué otra cosa significaban los vitrales de santos, mártires y vírgenes sino una pedagogía de las virtudes? ¿No acaso eran los osarios la mejor y más lúgubre lección del "memento mori"? (La publicidad moderna no hizo más que usurpar una vieja receta).


Heinrich Hoffmann –que por cierto no era sacerdote ni pastor– asimiló que la infancia está difícilmente dispuesta a que la fustiguen con discursos. Debía ser enseñada, sí, pero los sermones eran más eficaces para el hastío que para la disciplina. ¿Cuál podía ser la solución? Retratar en una serie dibujos, acompañados de divertidas rimas, los sinsabores de la desobediencia. "Pedro Melenas" fue el precioso resultado, por cuyas escenas desfila lo tragicómico de las primeras rebeliones infantiles. El libro, editado en 1845, aleccionó a más de una generación a comportarse en la mesa, a evitar los fósforos y no golpear mascotas: una pedagogía que hacía patente que todo desliz iba de la mano con el severo castigo.

Luego de casi dos siglos, cualquiera podrá advertir que sería aterrador un sastre que corta pulgares, o un conejo experto en armas de fuego; los lectores, incluso los más pequeños, han cambiado. Pero esta misma razón justifica su reedición. Reímos al ver las terribles consecuencias, y no podemos dejar de registrar sus exageraciones (un niño actual las observará con distancia, como un juego o con ironía). Aun así, "Pedro Melenas" sugiere vigentes reflexiones: ¿debemos burlarnos de un ser de diferente "color"? ¿Podemos dejar de atender nuestro entorno cotidiano? ¿O incluso omitir el bienestar de una correcta higiene?

El valor de un libro está en su capacidad de dirigirse a nosotros, sin importar su época y procedencia. "Pedro Melenas" aun tiene voz; desconcierta, pero es también sabia, e incluso encantadora. ¡Oigámosle!

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