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Voy hacia nunca - Ediciones UACh

Reseña por Roberto López (@robert_lupus)

La galería de poetas contemporáneos de la Revolución Rusa, conocida como "la generación de plata", está enlutada de tragedias y surcada de dolores. Exilio, fusilamientos, cárceles y persecuciones fueron la manera en que el estalinismo quiso coronar a los hijos más talentosos de su patria (a excepción quizá de Maiakovski, cuyo genio iba mucho más lejos que la propaganda bolchevique). Poesía que aprende del silencio entre el rugido de los fusiles, adornando los pasillos del infierno.

Anna Ajmátova parecía comprender que existir es siempre despedirse de algo. En otras palabras: con ella se mira de espaldas, hacia el camino recorrido, recogiendo las tristes piezas que fuimos en el tiempo. Acariciamos instantes que aparecen y al tiempo ya son una sombra; están para siempre perdidos. "Voy hacía nunca", título de esta antología, afirma la sensación de que todo lo que poseemos, junto al recuerdo, es la incertidumbre del abismo futuro: nada sabemos, nada puede salvarnos (ni siquiera Dios…).

La poesía de Ajmátova posee una factura condensada; un par de versos le bastan para desgranar las horas del pensar, del amar y del morir. El candor juvenil y el agudo pesar de la vejez beben de la misma fuente: la necesidad de zurcir una biografía íntima, hecha de retazos y quietos dolores. Desfila el vasto rango de los seres amados, siempre lejanos, muchas veces muertos. La embriaguez, ya sea de llanto, de olas marinas o bosques, sustrae de sí misma para libar a los espectros.

Ser testigo puede ser tan trágico como ser héroe. Beber el silencio requiere de tanto arrojo como recibir balas. "Diremos lo que nos dicte el corazón, no lo que deberíamos decir": tal sentencia shakespereana parece esculpida en el corazón de Ajmátova.

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