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CLIMA Y CAPITAL. LA VIDA BAJO EL ANTROPOCENO (DIPESH CHAKRABARTY)

Dipesh Chakrabarty. Mary Luz Estupiñán y raúl rodríguez freire (editores) Ediciones mímesis ISBN: 978-956-09145-9-0

 

Bastaría con echar una mirada a los titulares de los últimos cinco años para convencer al más escéptico —si no confundimos escepticismo con estupidez— de que la crisis climática es un hecho que salta a la vista con toda su crudeza. En el caso de Chile, el déficit de lluvia y nieve en los últimos veinte años es el pelo de la cola de un problema mayor. «Yo pienso que de aquí al 2025 vamos a pasar de emergencia climática a crisis climática […] mientras más se demoren las decisiones políticas, obviamente, más caro será el costo y las pérdidas», dijo en una entrevista reciente el agroclimatólogo Patricio González. En términos globales, el último informe del IPCC es lapidario: fenómenos como las olas de calor podrían aumentar drásticamente en los próximos veinte años.

Menos sencillo es entender la magnitud del problema e identificar o al menos trazar parcialmente los múltiples factores que nos tienen en esta situación que amenaza con borrarnos lenta y trágicamente.

Para Dipesh Chakrabarty, autor de Clima y capital, la inquietud por el cambio climático parte con una anécdota personal: corría el año 2003 y Chakrabarty, acostumbrado al paisaje natural de Canberra, Austrialia, vio cómo un enorme incendio destruyó la vegetación y más de 300 casas de la ciudad australiana. «Con pena —dice—, intenté leer la bibliografía que explicaba la historia de los incendios forestales en Australia, y cuánto más leía, más aparecía este fenómeno del “cambio climático antropogénico”». Sacudido por ese descubrimiento, da un giro en sus estudios sobre historia para dedicarse a pensar este problema. El resultado de ese giro es «El clima de la historia: cuatro tesis» publicado en 2009 en la revista Critical Inquiry, ensayo con el que abre la edición preparada por Mímesis y su equipo editorial.

Una primera cuestión que podría desprenderse de la propuesta de Chakrabarty, que nos habla desde su lugar de historiador, es que el «cambio climático antropogénico» es un desafío epistemológico que obliga a revisar la tradición de pensamiento occidental para dar cuenta de un fenómeno que rebasa las categorías con las que se ha pensado el mundo desde la Ilustración hasta acá. De ahí que la primera tesis de su ensayo sea: «las explicaciones antropogénicas del cambio climática implican el colapso de la antigua distinción humanista entre la historia natural y la historia humana». Eliminando esta distinción —nos dice el autor— «los científicos del clima postulan que el ser humano ya no es el simple agente biológico que siempre ha sido, pues ha adquirido una mayor dimensión. Los seres humanos ejercen ahora una fuerza geológica».

Basta ver las imágenes de las islas de basura en el océano, el problema que producen las especies introducidas en determinados ecosistemas o la terraformación que invade zonas naturales —el caso de los Carpinchos de Nordelta es un ejemplo de esto— para dimensionar esta cuestión.

Fue Paul J. Crutzen el que bautizó nuestra época como Antropoceno para describir la época geológica que tiene como punto de partida más o menos aceptado —toda discusión teórica es también política y se encuentra permanentemente sujeta a debate— la revolución industrial y el uso a gran escala de combustibles fósiles. Lo interesante del término es que le permite a Chakrabarty preguntarse en qué medida se puede hablar de Antropoceno como una crítica de los procesos de modernización occidental desde el siglo dieciocho en adelante: «En los debates sobre la libertad, desde la Ilustración en adelante, no hubo conciencia alguna de la acción geológica que los seres humanos iban desarrollando junto con, y a través de, los procesos que estaban estrechamente vinculados con su adquisición de la libertad».

En la tercera tesis de este ensayo inicial expone una cuestión controversial para pensar políticamente el problema del cambio climático: «La hipótesis geológica relativa al antropoceno nos obliga a relacionar las historias globales del capital con la historia de los humanos como especie». Es controversial pues parece acercarse peligrosamente al registro de lo biológico y sus metáforas, útiles para toda clase de esencialismos sobre lo que significa «ser humano». Sin embargo, la propuesta apunta hacia un horizonte de autoconciencia y unidad global que el autor emparenta, siguiendo a Edward Wilson, con cierta tradición marxista. Eso obliga, además, a pensar el problema del cambio climático más allá de exclusiva vinculación al modo de producción capitalista como único factor explicativo.

Esto último no significa desconocer, en términos analíticos y reflexivos, el hecho de que la repartición de daños de la crisis climática tiene a la clase trabajadora, a los indocumentados y a comunidades rurales como los principales afectados. Una porción de la sociedad que, para usar un término acuñado por Pablo Aravena, se transforma en la «humanidad residual» de esta catástrofe. Chile, que a estas alturas es como un coto de caza para empresas extractivistas, tiene casos de sobra para ilustrar esto último: las chancherías de Freirina, el monocultivo forestal en Maule, Biobío y Araucanía, las salmoneras en el sur y así. Aunque parece que llega tarde, la cuestión del Antropoceno reclama una crítica hacia los procesos de modernización capitalista que han acabado con formas de vida completas en función de ciertos requerimientos económicos.

Para usar una figura algo añeja, el cambio climático demanda un completo cambio de paradigma que obliga a pensar nuestros modos de vida, pero también los sistemas de pensamiento que están a la base de eso que conocemos como Modernidad. El Antropoceno, por lo tanto, como un problema político que demanda poner también a la imaginación y al pensamiento a pensar los mundos por venir.

 

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3 Septiembre, 2021

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