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El tiempo de la supervivencia

Volver a donde nunca estuve, de Alberto Giordano, Santiago de Chile, Bulk editores, 2020 Alejandra Zina

Mientras leía Volver a donde nunca estuve me preguntaba cuánto tiempo tiene que pasar para que uno escriba sobre el padre muerto. Cuánto hay que esperar para ver y escribir con sentimiento pero sin la tiranía del desgarro sentimental. Mi papá murió hace dos años y por ahora lo que hay son algunos cuadernos con crónicas hospitalarias, sueños que tuve con él y unos pocos recuerdos de infancia; un documento de Word donde empecé a pasar algunos de esos relatos y que por agobio o pereza abandoné. El padre de Alberto Giordano murió en 2008. Algunos de los textos que componen el libro fueron escritos especialmente, otros (la mayoría) forman parte de sus diarios de Facebook reunidos en los volúmenes El tiempo de la convalecencia (2017), El tiempo de la improvisación (2019) y Tiempo de más (2020). Todo esto para decir que el hijo se tomó casi una década para escribir sobre su padre muerto o para mostrar lo que ya tenía escrito sobre él. Vuelvo a pensar en el mío, muerto hace dos años. Quizás dentro de un tiempo, me digo, pueda verlo con más perspectiva y mi memoria se expanda hasta lugares no imaginados por efecto de la edad. En el fondo es un misterio imposible de saber, ¿en qué momento se empieza a escribir un texto?

Volver a donde nunca estuve no es un diario íntimo, tampoco un cuaderno de notas, sin embargo está compuesto por casi un centenar de fragmentos que nos hacen avanzar en una historia que no tiene adelante y atrás. El salto de los fragmentos se corresponde con otros saltos. Personajes que aparecen y desaparecen sin mayores explicaciones, al que el narrador trata con cariño pero que no dejan de ser extras y secundarios de un relato con dos únicas estrellas. Una serie de locaciones urbanas y rurales (Resistencia, Rufino, Rosario, Unquillo, Tucumán, Córdoba, Buenos Aires) que se despliegan en una especie de road movie en la que padre e hijo se cruzan, se encuentran y se pierden de vista. Avances y retrocesos temporales que funcionan sin cronología en armónico desorden. Un fragmento puede narrar la vuelta al pueblo como crítico profesional con ciertos tintes cómicos de ciudadano ilustre, el siguiente concentrarse en un recuerdo de infancia en la Resistencia natal, y el fragmento que sigue presumir la maestría del robo hormiga que hace el adolescente al portafolio del padre para comprarse discos de rock sinfónico. Un relato random que fluye gracias a un cuidadoso trabajo de selección y edición. 

Me pregunto si es posible escribir sobre los padres de otro modo que no sea fragmentario, si no es en esta misma forma inacabada y aleatoria donde encuentra su potencia narrativa y de rememoración. 

En el libro hay distintas clases de recuerdos. Lo que se recuerda y nunca se contó, lo que se recuerda y se contó muchas veces, lo que se recuerda y fue materia de diván (recuerdos que se desmenuzan con fines terapéuticos). El libro no privilegia ni reniega de ninguno. No hay alto ni bajo, no hay mayor ni menor. La anécdota no es menos importante que la especulación. Tampoco hay jerarquías narrativas. El melodrama familiar pueblerino con ecos de Manuel Puig convive perfectamente con el relato melómano de un padre y un hijo que comparten conciertos de Piazzolla y discos de jazz. 

No solo recuerdos, también hay sueños nocturnos que reúnen a los protagonistas en situaciones y edades imposibles (“La apariencia de papá era la suya antes del accidente: un señor de setenta y cinco años vigoroso. La mía, la actual: un señor de casi sesenta años”), en los sueños todo es contemporáneo. Aun cuando nos dejan confundidos y angustiados, enfrentados al desamparo de la pérdida, los sueños con el padre muerto son reencuentros que alivian la despedida, enigmáticos y quizás menos fantasmales que las evocaciones que tenemos despiertos.

Mauro Libertella cuenta que después de perder a su papá se lanzó a la lectura frenética de novelas y relatos de padres muertos. Los describe como libros que se leen por fuera y por dentro de la literatura, abandonándose a la identificación más descarada, a la transferencia total. Esa identificación que también registra Alberto Giordano cuando repasa sus lecturas de Annie Ernaux, Aram Saroyan y Marina Yuszczuk. La misma que registro yo al leerlo a Giordano. Su ojo de crítico no puede evitar resaltar los logros narrativos de los textos, pero no puede dejar de rendirse a una complicidad más poderosa. Buscamos esos relatos como una droga para calmar nuestra ansiedad de huérfanos recientes, para sentirnos reflejados y a la vez reconocer su condición de pioneros: ellos lo contaron primero, ellos vieron y pensaron algo que nosotros todavía no vimos ni pensamos, algo que todavía no escribimos. En un punto ofrecen un alivio parecido al de los sueños, una herramienta con la que no contábamos. Y al final un modo de sentirnos menos solos. 

(Actualización julio - septiembre 2021/ BazarAmericano)

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