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La manifestación de un gusto.

"Avaro muestra la habilidad, el talento de la elucidación y sentencia crítica casi aforística, esa clase de afirmaciones que hacen levantar la cabeza, aceptar, subrayar, interrogar, comprender". Narradores, poetas, diaristas y autobiógrafos en La enumeración.

Ya en la notable introducción y prólogo a la reedición de El desierto y su semilla, de Jorge Baron Biza, la lectura y escritura crítica –y la escritura a secas– de Nora Avaro me había parecido intensa y personal. De modo que cuando me enteré de la salida de La enumeración. Narradores, poetas, diaristas y autobiógrafos, formalmente su primer libro, me lo apunté como de lectura imprescindible. Siempre es un hallazgo un crítico formado en la “academia”, pero que prefiera o integre a su debida solidez o probidad teórica, a su vasto anecdotario informativo y de investigación, la lectura placentera y sin supersticiones, la construcción de un territorio imaginario de imprevisibles afinidades estilísticas, la sencilla pero elocuente y razonada manifestación de un gusto.

En La enumeración hay todo eso además de una atractiva serie o enumeración de autores de la cuenca rioplatense –recordar que Avaro nació en Rufino pero es de Rosario–, y que posiblemente representen para Avaro, no sólo sus insistencias sino su panorama y su programa, su ambición de lectura. Está Borges y Mastronardi, está Silvina Ocampo y María Moreno, está César Aira y Marosa Di Giorgio y Pizarnik, y varios otros nombres de aquella prepotente y cambiante convención llamada canon. Pero también están Gabriela Saccone, Cecilia Muruaga, incluso, Darío Canton, es decir, y en varios sentidos, sus hallazgos, y a través de ellos sus descubrimientos; el fractal por donde mejor podemos descubrir y acaso leer a la propia Avaro.

Además, en La enumeración, Avaro muestra la habilidad, el talento de la elucidación y sentencia crítica casi aforística, esa clase de afirmaciones que hacen levantar la cabeza, aceptar, subrayar, interrogar, comprender. Por ejemplo: “Porque la grandeza novelística de Baron Biza está toda en la elección de una perspectiva, y en todos los sentidos que quieran darse al término, incluido, claro está, y tratándose de un escritor que es crítico de arte, plástico.” O, “una doble fórmula concurrente que es capital en el realismo (en la realidad) de Aira: ver lo que se inventa/inventar lo que se ve”. O, “Pauls incluye al final de La vida descalzo una escena de iniciación, cada escritor en algún momento ofrece la suya: ¿quién sobrevive sin mitología?”. O, “El autobiógrafo es aquel escritor que sobrevive, solo, último, y en un planeta concluido, a su propia vida.” Última, “La velocidad es un efecto pero también una técnica.”

También hay un texto conciso y brillante sobre la frase, que gira en torno a la literatura de Alan Pauls, pero fatalmente también de Saer y de Proust, donde se despliegan criterios y nociones de composición útiles para cualquier escritor –estuve tentado de escribir prosista– argentino. Avaro delimita sin proponérselo dos áreas para el reconocimiento formal de los novelistas: estilistas y narradores. Dice: “El estilista, el que trabaja, en cambio, solo con el sonido de las palabras, es remiso al sometimiento de sus frase a territorios y andanzas externos, reales o imaginarios; su peripecia es la de la sintaxis; su estatuto el de la modulación interna que domina cualquier traza temporal sea esta la del pensamiento o la del relato.”

“Es la lógica dura de la enumeración –escribe en torno al diario de Pablo Pérez, Un año sin amor. Diario del Sida– su efecto a la vez acumulativo y periódico, la que monopoliza el compás narrativo de este diario, la que otorga a la cuenta condenada de los días –“días como flechas”– no sólo su falta de escrúpulos sino también su verdadera urgencia” ¿Por qué la enumeración? ¿Y por qué como urgencia y título? Más allá de que sea el tema aislado y analizado en Borges, en el primero de los ensayos que abre el libro, y en la cita de Enumeración de la patria, de Silvina, más allá de la enumeración en tanto noción retórica y poética, más allá de que reaparezca de diversos modos a lo largo del libro, como toda una contraseña. Tal vez porque en la enumeración, esa forma accesible y trascendente de la eternidad, del infinito, está el carácter y la intención, está el espíritu que recorre el libro. Como si en los dieciocho textos (y diecisiete autores) que reúne Avaro pudiera haber a la vez una gran arca literaria que abarca a todos, a la literatura argentina contemporánea misma, pero en el que a causa de la dimensión de lo real, todos no podrán subir. Entonces sólo subirán algunos, entonces cabrá la enumeración, que recorta y sin embargo, proyecta un más allá, es generosa.

Me gusta pensar que los escritores de narrativa siempre deberían –deberíamos– leer más poesía y más crítica. Acaso porque en esos –y es inadmisible, tiránica, la reducción categórica– géneros, se halla la esencia doble o bicéfala de la literatura: la belleza y el pensamiento, el arrobamiento y la distancia, la mañana y la noche. Me gusta pensar que cualquier escritor que leyera La enumeración, volvería a acometer su arte renovado, menos ensimismado, menos impune, menos ignorante, es decir: más inspirado.

 

Nota por Edgardo Scott en el blog Eterna Cadencia.

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